Hubo un tiempo, aunque cueste creerlo, en que no existía internet. Es más, hubo un tiempo en que no había ordenadores en las casas. Ni por supuesto, Playstation, ni Xbox, ni ipad, ipod, iphone ni ningún otro tipo de «i-artilugio» electrónico de esos que hoy forman parte de nuestro entorno cotidiano. Objetos malignos cuyo extravío, descuido o deterioro nos provoca agudas crisis de ansiedad.

Para un adolescente de hoy, oír hablar de esto seguramente le generará la misma sensación de incredulidad que cuando, a su edad, uno oía contar que «antes»  las mujeres lavaban la ropa en el río o que el agua para la casa se sacaba de un pozo. Resultaba difícil entender cómo había sobrevivido así la humanidad.

Para quienes crecimos sin nuevas tecnologías, el año se dividía en tres periodos: las navidades, por razones obvias, el verano y por supuesto la Feria.  Cuando llegaba septiembre y ya notábamos el aliento del colegio en nuestras nucas pensábamos «aún nos queda la Feria».

La Feria era la calle, el aroma a churros, palomitas, manzanas caramelizadas y algodón dulce, y los primeros cigarrillos que el amigo más diestro en el noble arte del tiro con rifle de aire comprimido ganaba derribando palillos en las casetas. Amistad tan preciada entonces como lo es hoy contar con un amigo informático.

Era también época de recaudación. Nuestras visitas a los familiares eran recompensadas con aportaciones dinerarias a nuestra tesorería, pues era costumbre «feriar» a los niños. Y con nuestro botín allá que íbamos, intentando sacar el máximo rendimiento de nuestras inversiones, seleccionando las atracciones más novedosas, las que nos parecían que entrañaban más peligro, las tómbolas más generosas, las casetas de tiro con los rifles más «fiables»…

Y todo esto nos lo traían unos señores que venían de lejos en grandes camiones cuyas matrículas nos parecían de sitios remotísimos, del extranjero incluso. Gentes que llegaban con sus familias y que se les veía en condiciones nada cómodas. Durmiendo en roulottes, llenando garrafas de agua de las fuentes para abastecerse… todo bastante precario. Pero año tras año acudían a la cita para  hacer de la ciudad un enorme parque de atracciones y llenarla de colores y olores.