Un hotel en la Colonia Ducal: más madera

El proyecto de construcción de un hotel en la Colonia Ducal de la playa de Gandia ha abierto un debate en la ciudad entre quienes defienden la protección de este espacio por su singularidad urbanística, y los que consideran que un establecimiento en este emplazamiento sería un reclamo para el turismo «de calidad», un argumento promovido desde el gobierno local para justificar su apoyo a esta iniciativa.

La creencia de que un hotel de cuatro estrellas pueda adquirir entidad de activo turístico estratégico es, cuanto menos, discutible. En los últimos años, el impacto de las TIC en los procesos del consumo turístico y la incorporación al mercado de un nuevo perfil de cliente que vincula su idea de «disfrute de destino» con lo experiencial, ha impulsado un cambio sustancial en los criterios y prioridades que el viajero establece en su elección.

Estas nuevas tendencias otorgan el primer lugar en la motivación del usuario en su proceso de decisión a los recursos turísticos del destino, esto es, a los atractivos de tipo natural, cultural, histórico o monumental, a aquellos que generan experiencias auténticas, sostenibles, con valores y activas.

En este contexto, el hotel es una commodity, un activo más que el viajero utiliza como servicio pero con escaso valor diferenciador. Es la calidad del producto turístico en su globalidad cuya oferta el viajero percibe de manera homogénea, lo que atraerá al cliente de alto valor.

Otro aspecto que se debe ponderar para determinar la conveniencia de este proyecto es su afección en un conjunto urbanístico tan singular. La Colonia Ducal está catalogada en el listado de Docomomo Ibérico como edificación merecedora de protección por su importancia como único ejemplo de arquitectura residencial turística española del Movimiento Moderno de mediados del siglo XX.

El impacto del aumento de la edificabilidad que exigiría esta actuación, que obligaría a modificar el PGOU, implicaría una evidente transformación en la morfología de este entorno de grandes zonas ajardinadas y baja densidad constructiva.

La configuración urbanística de la playa de Gandia es el resultado de un desarrollo voraz que tuvo su punto álgido en los años 70, cuyo modelo se sustentaba en una obscena especulación y depredación del territorio. Aquellos cementos trajeron estos lodos y así, nuestra playa luce entre una extravagante amalgama de construcciones caóticas, creando un muro que, entre otras consecuencias, ha impedido la anhelada apertura de la ciudad al mar.

No conservar y cuidar espacios como la Colonia Ducal e impulsar proyectos de esta tipología es continuar con aquel modelo nocivo, que también se impuso «en aras del progreso y la prosperidad». Lo de la «prosperidad», sobre todo para unos pocos. Como el caso que nos ocupa.

Hace apenas un año el Ayuntamiento de Gandia presentó su Plan Estratégico de Destino Turístico Inteligente . Esta operación urbanística tiene un dudoso encaje con algunos de los objetivos del plan, como el impulso de la singularidad e identidad local, el impacto sostenible de la actividad turística y el equilibrio territorial.

Gandia aspira a ser una ciudad y un destino inteligentes. Sus gobernantes, con el apoyo a proyectos de esta naturaleza, quizá no tanto.

 

 

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