El Auditorio de la Plaza del Puerto ha acogido durante los meses de julio y agosto el IV Festival Gandia, el mar donde se unen las estrellas, un evento que se ha consolidado en la oferta turística de Gandia y cuyo cartel reúne a cantantes que ocupan los primeros lugares de las listas de éxitos, lo que le ha llevado a situarse como una de las citas destacadas en el circuito de festivales de verano.

En esta edición la organización ha enmendado algunos errores cometidos en años anteriores que empañaron la impecable producción del festival. Así, los conciertos se han ido celebrando con una cadencia de entre siete y quince días, excepto el de Abraham Mateo y la Noche Sabinera que coincidieron en un mismo fin de semana,  y no se ha recurrido, como en otras ocasiones, al regalo masivo de invitaciones ni a extrañas e improvisadas promociones de última hora para que el auditorio no ofreciera un aspecto desolador.

En cuanto a la asistencia de público, bastante desigual, fueron los conciertos de Dani Martín y Bisbal, como se esperaba, los que registraron las mejores entradas, sobre todo el segundo que agotó el papel. Sin embargo, Abraham Mateo y Antonio Orozco apenas llenaron un cuarto del recinto. De la Noche Sabinera, baste decir que se optó por hacerlo gratuito. Quizá no fuera el espacio más indicado para un concierto de este tipo.

Lo que no se ha corregido e incluso ha empeorado respecto de años anteriores, y ya tiene mérito, es el desastre de los bares del interior del recinto. No cabe más cutrez. Cuesta creer que nadie de la empresa que explota este servicio se pregunte cómo es posible que en un concierto con cerca de 8.000 personas haya apenas una veintena consumiento en las barras. Y no es por los precios, que están dentro de lo razonable. Es que los bebedizos que se sirven, en vasos de plástico malísimo, con los refrescos a temperatura de infusión y alcohol en su mayoría de marcas desconocidas y de calidad ínfima, son una una tomadura de pelo. Casi dos horas y media estuvo Dani Martín en el escenario a más de 30 grados y con toda la humedad del mundo y las barras estaban vacías. Un logro sin precedentes.

Sería injusto no poner en valor la importancia estratégica que este evento supone para la promoción de la Playa de Gandia dada la notoriedad que ha alcanzado, aunque cierto es que este es su rédito más destacable si no el único. Otra cosa es el retorno de esta inversión, que aunque se quiera disfrazar u ocultar por el gobierno de la ciudad, proviene de las arcas municipales. La asistencia media a los conciertos, por ejemplo, siendo un poco rigurosos y dejando al margen las cifras oficiales facilitadas por el Ayuntamiento o desde medios afines, que no tienen ninguna credibilidad, no pasa de discreta y su impacto en la actividad turística es más que discutible, pues los dos conciertos que reunieron más público se celebraron en fechas en las que históricamente la Playa de Gandia alcanza los picos más altos de ocupación, el penúltimo fin de semana de julio y la semana del 15 de agosto festivo, que además este año fue viernes.

O mucho nos equivocamos o este modelo de festival, cuyo cartel se configura única y exclusivamente a golpe de pagar los elevados cachés de los cantantes de moda tiene una muy complicada supervivencia.

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